lunes, 11 de abril de 2016

Del título y otras frases.

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Mis hijos son la cosa más chistosa que me ha pasado. Claro que son mis estrellas y mis faros, pero también me matan de risa con cada cosa nueva que aprenden en la tele o en la escuela. El nombre de este espacio es la más reciente que se les ha ocurrido.

No recuerdo haber imaginado alguna vez cómo sería vivir la etapa del porqué. ¿Papá, por qué el cielo es azul? ¿Papá, porqué tu panza es tan enorme? ¿Papá, por qué el agua cae de arriba hacia abajo? ¿Papá, por qué mi pene es diferente del de mi hermano? ¿Papá, por qué la gente no sonríe? ¿Papá, por qué los días no se hacen noches en ningún tiempo? ... Y cosas cada vez más incomprensibles.

Hoy en día, gastan más tiempo preguntándome si me pueden decir algo, que en realidad diciéndome algo. Pero es una etapa que pronto pasará, espero, como la etapa en que pedían permiso para ir al baño en la casa.



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De qué va.

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En muchos lugares y en muchos tiempos he repetido hasta el hartazgo ajeno, que lo único que yo quería ser cuando fuera grande era papá. Papá como concepto abstracto de una mente infantil e infantiloide o papá como quimera incomprensible de un alma rota.

Desde que lo recuerdo, mi más grande anhelo de vida era tener un hijo, reproducirme, cloname, tener descendencia, etcétera. Después vinieron los sueños específicos, normados e implantados por la sociedad de lo correcto: casa, esposa, hijos, dinero, no necesariamente en ese orden. Luego me enamoré y dejé que mi vida fuera de la mano con quien toma mi ídem. ¡Carajo! Que el latinajo ídem ya me suena a más a arcaismo que a sapiencia. En fin.

Mis recuerdos de la tele y las familias tradicionales se repelían con la realidad. Jamás creí tener una familia modelo, pero la que tuve y tengo funcionaba como relojito. Sé que tomará años de terapia entender muchas cosas que pasaron y muchas más aún que no pasaron. No tengo corazón para negar mis daddy issues, los he hablado con incontables personas en inconmensurables espacios y en inenarrables condiciones, y también me tomará toda la vida superarlos, aunque si algo tengo claro en la vida, es que yo no quiero que mis hijos sean como yo, porque yo no soy como mi padre.

Tengo un abuelo. Tengo un padre que se murió cuando yo tenía doce años, hoy tengo treinta y tres. Tengo una mamá de otro mundo, dicho esto en el mejor de los sentidos. Mi mamá tiene un esposo desde hace veinte años. Tengo como esposa a la mejor mujer del mundo. Y tengo dos hijos, gemelos, de cuatro años. De todo eso va la historia ...




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